Ir al contenido principal

Corrección de un cuento

La casa encantada Sobre una inmensa colina se levantaba una extraña y vieja casa toda la gente del barrio contaba extrañas historias de la casa pues creían o decían creer que estaba habitada por los antiguos fantasmas de sus dueños. Los niños no se animaban a acercarse ni al principio de la colina, porque creían que desde sus altas ventanas los veían los fantasmas y podrían enviarles algún maleficio. Los padres aunque no creían en fantasmas aprovechaban el miedo de sus hijos para retarlos y amenazarlos con enviarlos a la casa embrujada cuando se portaban mal. Una mañana de verano, me mudé a ese barrio y no tardé mucho tiempo en conocer todas las historias sobre la “casa de los fantasmas”, como la llamaban, pero, tal vez porque no había vivido allí mucho tiempo o porque estoy muy acostumbrado a leer cuentos de fantasmas, nada de lo que me contaron me dio miedo. Así que, aproveché el verano para conocer el territorio, planear la mejor manera de acercarme y descubrir el secreto de esa casa. Finalmente, un día muy caluroso y aburrido, decidí que era el indicado para ir a la casa. Después de pensar mucho cómo llegar, me acerqué por la puerta principal dispuesto a tocar el timbre y esperar lo que sucediera. Legué a la puerta, después de subir casi corriendo las escaleras de la colina. Tal vez, tuve algo de miedo que no quería reconocer. Antes de llegar, la puerta se abrió de par en par. Al principio creí que se había abierto sola, pero, luego, vi una anciana que la sostenía. Mucho mejor, pensé. Ella me preguntó ¿qué quieres, niño y yo le contesté Soy nuevo en el barrio y quería conocer esta hermosa casa. Se puso un poco colorada. Pasa, entonces, que te puedo mostrar cómo es. Estuve en la casa casi toda la tarde, pues era realmente enorme, tenía, más de seis cuartos varios baños dos terrazas un patio atrás con jardín muchos balcones y dos salas de juego. Te gustan las salas Me preguntó la anciana y no tuve que responderle, se dio cuenta por mi cara. Vení cuando quieras a jugar, me invitó. Muchas gracias, qué bueno! Le grité casi y después me dio vergüenza. Esa noche, no puede dejar de contarles a mis papás la visita a la casa y me pidieron que los llevara la próxima vez. A la semana siguiente, fuimos a la casa, pero nadie nos abrió. Mis padres preocupados de que yo volviera solo, lograron que el comisario del pueblo entrara a la casa. Estaba deshabitada, no como yo la había visto unos días antes. Fue muy triste ver esa hermosa casa tan abandonada. Mientras estuvimos ahí pude ver sobre la chimenea el retrato de la anciana que me abrió la puerta. Un viejo vecino nos comentó que esa fue la primera dueña de la casa y que había muerto hace más de 50 años

Comentarios

Entradas populares de este blog

MIÉRCOLES 20

En este drive encuentran todos los materiales que trabajamos en torno a este tema https://docs.google.com/document/d/1ocq_0Xy_4qcKB6bu_eBQw_2c7ORnIIIznAnrQxOZfUc/edit Abajo les copio los link con la carpeta de drive donde cada grupo encontrará el archivo en el que debe trabajar https://drive.google.com/drive/folders/1w22hZLSH0h4oK_paufmTmj4Q1nT1pLX7?usp=sharing

La señora Bixby y el abrigo del coronel

 Click para acceder al cuento  "La señora Bigsby y el abrigo del coronel" El señor y la señora Bixby vivían en un apartamento más bien pequeño, en un lugar cualquiera de la parte céntrica de Nueva York. El señor Bixby era dentista y tenía unos ingresos normales. La señora Bixby era una mujerona vigorosa y a la que le gustaba la bebida. Una vez por mes, y siempre en viernes y por la tarde, la señora Bixby tomaba en Pennsylvania Station el tren de Baltimore, para visitar a su anciana tía. Pasaba con ella la noche y al día siguiente regresaba a Nueva York a tiempo de prepararle la cena a su marido. El señor Bixby aceptaba con benevolencia ese arreglo. Sabiendo que la tía Maude vivía en Baltimore y que su esposa le tenía un gran cariño a la anciana, a buen seguro no hubiera sido razonable negarles a ambas el placer de un encuentro mensual. —Siempre y cuando —objetó en un principio— no esperes nunca que te acompañe. —Pues claro que no, cariño —contestó la señora Bixby—. Después de...